y los envió por delante...
a todas las ciudades y sitios a donde ÉL había de ir...'
(Lc 10,1)

Semilla buena

Alejandra María Sosa Elízaga*

Semilla buena

Sucede cada vez con mayor frecuencia, porque las noticias nos presentan un panorama cada vez más desalentador, que hay quienes se desaniman pensando que el mal está ganando la batalla, y quizá incluso se incomodan con Dios porque siendo Todopoderoso no parece hacer nada al respecto.

Pero entonces, como suele suceder, la Palabra de Dios ilumina el asunto y la Primera Lectura (ver Sab 12, 13.16-19) y el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Mt 13, 24-43), nos ayudan a poner las cosas en perspectiva.

El autor del libro de la Sabiduría empieza estableciendo que el Señor tiene todo el poder, que no tiene que rendirle cuentas a nadie y que no hay otro Dios más que Él. Y le dice: “Siendo Tú el dueño de la fuerza, juzgas con misericordia y nos gobiernas con delicadeza, porque tienes el poder y lo usas cuando quieres” (Sab 12,18).

Nos sorprende esta afirmación porque nos deja ver que, a diferencia de los seres humanos que, cuando tenemos tantito poder lo aprovechamos para imponernos a otros por la fuerza, atropellarlos en sus derechos o quitarlos de nuestro camino, Dios, que tiene todo el poder, lo usa de manera muy diferente, no con prepotencia, sino con delicadeza.

Pero ojo, no hay que confundir delicadeza con debilidad o con falta de fuerza o de firmeza, no. Dios nos trata con delicadeza para no avasallarnos con Su poder, pero eso no significa que no ejerza al máximo ese poder, lo hace, pero no como tal vez hubiéramos imaginado, para aniquilar a Sus enemigos, para imponer el bien a como dé lugar, no. Dios emplea todo Su poder de una manera discreta, pero que se nota si se presta atención; silenciosa, pero que se hace oír si se sabe escuchar; aparentemente inefectiva, pero increíblemente eficaz: Dios emplea todo Su poder no para arrasar, sino para sembrar.

La semana pasada en el Evangelio Jesús se identificaba a Sí mismo con un sembrador que sale a sembrar la semilla buena del Reino de Dios, una semilla que, como vemos en las parábolas del Evangelio de este domingo, es siempre fértil, siempre fecunda, y va creciendo, creciendo, en lo oculto, sin que se note, sin que se sepa cómo, pero crece sin detenerse, y brota y se desarrolla hasta alcanzar dimensiones que nadie hubiera podido imaginar, como sucede con una semilla de mostaza , que pasa de ser una insignificancia a transformarse en un arbusto en el que las aves del cielo pueden anidar (mira la foto que acompaña este artículo, ese puntito en el centro es una semilla de mostaza, para que te des cuenta de su minúsculo tamaño).

Podemos pues anteponer a las malas noticias de las que diario nos enteramos, la Buena Noticia del Reino de Dios, un Reino cuyas semillas siempre fértiles se siguen sembrando y siguen germinando en muchos corazones, moviéndolos, transformándolos, suscitando poderosos cambios, verdaderas conversiones.

Y no dejemos que nos deprima la realidad del mal que nos rodea, porque podemos tener la plena certeza de que por cada ciudadano del mundo que promueve la guerra, hay millones de ciudadanos del Reino que edifican la paz; por cada uno que se dedica a destruir, hay millones que se dedican a edificar; por cada uno que miente, hay millones que se atreven a decir y a afrontar la verdad; por cada uno que odia y se desquita, hay millones capaces de amar y perdonar.

Podemos tener la certeza de que el Todopoderoso está actuando para establecer entre nosotros Su Reino con toda Su fuerza, con todo Su poder, y pese a que las apariencias nos hacen temer un desastroso final, el mal no tendrá la última palabra, el Bien, así con mayúscula, logrará vencer.

 

(Del libro de Alejandra María Sosa Elízaga “La Fiesta de Dios”, Col. ‘Lámpara para tus pasos’, ciclo A, Ediciones 72, México, p. 104, disponible en Amazon).

Publicado el domingo 19 de julio de 2026 en la pag web y de facebook de Ediciones 72