y los envió por delante...
a todas las ciudades y sitios a donde ÉL había de ir...'
(Lc 10,1)

Yugo que libera

Alejandra María Sosa Elízaga*

Yugo que libera

Hay cansancios que no se quitan con echarte una siesta, pasar una buena noche de sueño o tomarte unos días de vacaciones.

Hay cansancios que fatigan el alma, cansancios como el que siente alguien que está luchando por mantener a flote un matrimonio cuando el cónyuge más bien parece querer hundirlo; el que siente un joven que se cansa de nadar a contracorriente y proponerse todos los días por portarse bien en un medio que quiere empujarlo al alcohol, la droga, la pornografía; el que padece una muchacha que se ha vuelto a quedar sin novio porque ha vuelto a mantenerse firme en decir no a prácticas que ‘todos hacen’.

Es la fatiga de ir a contracorriente, de esforzarse en vivir los valores del Evangelio en un mundo que se rige por criterios muy distintos. Y todos los días empeñarse en decir la verdad, en no caer en la corrupción, en no responder con violencia a la violencia, en no abandonar la propia fe y vivirla con coherencia.

Llega un momento en que el alma se siente cansada, tentada a dejar de luchar.

También hay cargas que agobian, no por su peso en sí, sino porque quien las lleva siente que nadie más comprende lo que se siente cargarlas ni puede ayudarle a llevarlas.

El enfermo siente que carga solo con su enfermedad, con su temor al tratamiento, su temor a no curarse y a morir; los padres de familia sienten que cargan solos con la angustiosa responsabilidad de tratar de sacar adelante a sus hijos sin tener suficientes recursos. Toda persona que va arrastrando por la vida una carga que lo abruma, suele pensar que no hay nadie que pueda ayudarle a sobrellevarla, que tal vez haya quien la mire con compasión o simpatía e incluso le ayude de vez en cuando, pero la que tiene que llevar la carga de su angustia, de su trabajo, de su familia desintegrada, de su ancianidad, de su falta de salud, de su soledad, de su depresión, es ella sola.

¿Qué hacer cuando nuestros cansancios y cargas son tan grandes que amenazan con derribarnos, dejarnos derrotados y caídos? Prestar oído a lo que nos dice Jesús en el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Mt 11, 25-30): “Vengan a Mí, todos los que están fatigados y agobiados por la carga y Yo les daré alivio.”

Estas palabras son un bálsamo para el alma fatigada, porque le hacen saber que no está sola, que tiene a Quién acudir, que hay Alguien capaz y dispuesto a ayudarle a aliviar lo que le abruma.

Si quienes se sienten doblados bajo el peso de una fatiga imposible, escucharan estas palabras, levantarían la mirada, alzarían la cabeza, agarrarían fuerzas para enderezarse y pedir: ‘¡Señor, dame ese alivio!, ya no puedo más con todo esto que traigo encima, con todo lo que vengo cargando, ¡libérame!’. 

Y pueden estar seguros de que el Señor les respondería, pero cabe aclarar que quizá no como lo imaginarían, no los sacaría del mundo ni los libraría como por arte de magia de todo problema, sino les propondría: “Tomen Mi yugo sobre ustedes y aprendan de Mí que soy humilde de corazón, y encontrarán descanso.”

Y tal vez alguien se preguntara: ‘¿pero cómo me voy a liberar de todo lo que me agobia echándome un yugo encima?, así llevaría mi propia carga y ese yugo, ¡sería doble peso!’

Según la lógica humana tendría razón, parecería un contrasentido intentar liberarse de un peso echándose más peso encima, pero es que no se trata de aumentar la carga sino de sustituirla, y sustituirla, además, por algo que ¡no pesa nada!

Asegura Jesús: “Mi yugo es suave y Mi carga ligera”, lo cual significa que si alguien se anima a poner Su carga en manos de Jesús y aceptar a cambio el yugo y la carga que Él le ofrece, se descubrirá de pronto yendo ligero por la vida, desagobiado, con un gozo y una paz que jamás creyó poder experimentar.

¿Cómo es eso posible? Porque el yugo de Jesús consiste en caminar por la vida unido a Él, y Su carga consiste en hacerlo todo con y por amor, y con semejante compañía nadie puede sentirse solo o incomprendido, y con semejante propósito todo se vive con un nuevo sentido, y aunque uno siga en la misma situación de antes sentirá que ya no pesa igual. Es que se adquiere nueva fuerza para cargar con el peso que sea, cuando se le ve no como razón para sufrir y desesperar sino como oportunidad para amar.

 

(Del libro de Alejandra María Sosa Elízaga “La fiesta de Dios”, Col. ‘Lámpara para tus pasos’, ciclo A, Ediciones 72, México, p. 98, disponible en Amazon).

Publicado el domingo 5 de julio de 2026 en la pag web y de facebook de Ediciones 72