Ofréceselo a Dios
Alejandra María Sosa Elízaga**

Diálogos de Doña Teófila y Don Dudoso
Doña Teófila |
¡Hola compadrito!, gusto en saludarlo, ¿cómo está? |
Don Dudoso |
Bien, gracias a Dios; el gusto es mío. Oiga, tengo una duda. Cada vez que yo o mis hijos tenemos un problema o una contrariedad o pasamos por una situación difícil, mi mujer nos dice: ‘ofréceselo a Dios’. |
Doña Teófila |
Excelente consejo. |
Don Dudoso |
Se lo aprendió a su mamá. Mi suegra padecía dolores en la espalda que la ponían de malas; pero un día se le quitó el mal genio; pensaron que ya no le dolía nada, pero dijo que sí le seguía el dolor, pero ahora se lo ofrecía a Dios, y eso hizo una gran diferencia. |
Doña Teófila |
Así es. Dios ayuda a llevar la carga que uno le ofrece. Grande o chiquita. Por ejemplo |
Don Dudoso |
Me pregunto ¿por qué agrada a Dios que le ofrezcamos lo que nos molesta o nos duele? Él nos ama, ni modo que quiera vernos sufrir. |
Doña Teófila |
Antes de contestarle le pregunto: si ahorita le estuviera doliendo mucho la muela, ¿en qué estaría pensando mientras platicamos? |
Don Dudoso |
Pues en mi dolor de muelas y en que ¡no me gusta ir al dentista! |
Doña Teófila |
Exacto. Estaría metido en sí mismo pensando en lo que le duele, lo que le van a hacer, el ruidito del taladro, si lo inyectarán, si le extraerán la pieza... |
Don Dudoso |
¡Ay, ya no siga que de veras me va a doler la muela! |
Doña Teófila |
A lo que voy es que cuando sufrimos, cuando nos pasa algo malo, tendemos a volver la mirada hacia nosotros, nos volvemos egocéntricos, todo es yo, qué me duele, cómo me siento, qué me pasa, cómo sufro, atiéndanme, ayúdenme, necesito esto y lo otro. |
Don Dudoso |
Es natural. |
Doña Teófila |
Ajá. Pero podemos superar lo ‘natural’ y con ayuda de Dios entrar a lo ‘sobrenatural’, y aprender de Jesús, que en la cruz no estaba pensando en Sí mismo, sino en perdonar a los que lo crucificaron, en invitar al buen ladrón al Paraíso, en encomendar a Su Madre al discípulo amado. Si en lugar de mirarnos a nosotros mismos, ponemos la mirada en Jesús, y aprendemos a sufrir con Él y como Él, si unimos nuestro sufrimiento al Suyo, entonces dejamos de sufrir para nosotros mismos y sin sentido, y nuestro sufrimiento, unido al de Cristo, adquiere un sentido redentor, porque en cierta manera participamos de la Pasión de Cristo. |
Don Dudoso |
¿Tanto así? |
Doña Teófila |
¡Sí! En su maravillosa Carta Apostólica ‘Salvifici Doloris’, el Papa Juan Pablo II dice que quien ofrece sus sufrimientos al Señor, lo ayuda en el combate espiritual contra el mal. ¡Imagínese! Un enfermito que ya no sale de su cama, que siente que ya no sirve para nada, puede unir su sufrimiento al de Cristo y ser ¡todo un guerrero espiritual! |
Don Dudoso |
Entonces ofrecer lo que nos duele no sólo nos sirve a nosotros sino ¡al mundo entero! |
Doña Teófila |
Así es. Y aclaro que no se trata de buscar sufrir, sino de ofrecer el inevitable sufrimiento. Dice el misionero comboniano Novelo Pederzini en su estupendo libro ‘Para sufrir menos, para sufrir mejor’, que no es cuestión de pensar si vamos o no a sufrir, sino más bien cuándo nos tocará, porque nos tocará a todos. Entonces ¡hay que aprovecharlo! |
Don Dudoso |
Y, ¿por qué ofrecer nada más los sufrimientos, por qué no también las alegrías? |
Doña Teófila |
Cuesta más trabajo ofrecer los sufrimientos, por eso tiene más mérito, pero desde luego que hay que ofrecer también las alegrías, ¡todo lo que vivimos, día a día, momento a momento, ponérselo en las manos al Señor! |
Don Dudoso |
Ah, pues ése va a ser mi propósito desde ahora. Y ya me voy porque quiero darle a su comadrita la explicación que ahora me dio. ¡Gracias y que pase buena tarde! |
Doña Teófila |
¡Vaya con Dios! |