y los envió por delante...
a todas las ciudades y sitios a donde ÉL había de ir...'
(Lc 10,1)

Maravillar a Jesús

Alejandra María Sosa Elízaga**

Maravillar a Jesús

Maravillarse.

Experimentar esa gozosa sorpresa que nos deja admirados y contentos.

Jesús maravilló a Sus contemporáneos.

Sus apóstoles quedaron maravillados cuando Jesús fue capaz de calmar la tempestad (ver Mt 8,27).

A la gente la maravillaba que expulsara demonios (ver Mt 9,33), que hiciera hablar a los mudos, andar a los cojos, ver a los ciegos (ver Mt 15, 31; Mc 7, 37).

A Sus enemigos los maravilló que cuando le hacían una pregunta malintencionada intentando atraparle, Él les daba una respuesta genial, irrefutable (ver Mt 22,22).

También a nosotros nos maravilla Jesús.

Nos maravilla que renunciara a los privilegios de Su condición divina, para venir a compartir nuestra condición humana y rescatarnos del pecado y de la muerte.

Nos maravilla la paciencia que nos tiene, que aunque caemos una y otra vez, no se canse de perdonarnos, no deja de creer en nuestra contrición y propósito de enmienda.

Nos maravilla que está siempre dispuesto a tendernos la mano, en lo pequeño y en lo grande.

Nos maravilla los amaneceres y atardeceres que pinta para nosotros cada día.

Nos maravilla Su Creación.

Nos maravilla ir descubriendo a lo largo del día o de la vida, los incontables detalles para con nosotros, que nos revelan Su ternura, Su delicadeza, cómo nos cuida, cómo nos procura.

Nos maravilla que nos considere Sus amigos, a nosotros, ingratos e infieles como somos.

Nos maravilla saber que nos ama incondicionalmente y para siempre...

Nos sentimos agradecidos y quisiéramos poder corresponderle, hacer algo que lo maraville a Él.

Pero, ¿qué podemos hacer que maraville a Jesús?

La respuesta la da el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Lc 7, 1-10).

Narra san Lucas que Jesús se maravilló y por qué, con lo cual nos da una pauta a seguir.

El Evangelio cuenta el caso de “un oficial romano, que tenía enfermo y a punto de morir a un criado muy querido”.

De entrada tenemos aquí ya algo que puede maravillar a Jesús: una persona que no sólo ama a sus familiares y amigos, sino también a alguien de quien muchos patrones ni siquiera se molestarían en conocer su nombre.

En un mundo en el que la gente suele preocuparse sólo de los ‘suyos’, y no es raro escuchar, al momento de la Oración Universal en Misa: ‘por mi familia’, o ‘por mi hijo’, o ‘por mi hermana’, peticiones que no incluyen a las familias, a los hijos, a los hermanos de los demás, podemos maravillar a Jesús, no sólo pidiéndole por nuestros particulares intereses, lo que el Papa Francisco llama ‘nuestro mundito’, sino salir de nosotros mismos y pedir por las necesidades de otros, de todos.

Hace pocos días, a nuestro círculo telefónico de oración inmediata, llegó el mensaje de un amigo que viajaba en transporte público. Solicitaba que pidiéramos por una señora que iba sentada cerca de él y que se puso mala del estómago. Cuando tal vez muchos la miraron con repulsión, y se alejaron, hubo alguien que reaccionó distinto, con amor hacia una completa extraña; se puso a orar por ella y nos invitó a orar también. Fue un gesto que sin duda maravilló al Señor.

Dice el Evangelio que cuando supo que Jesús estaba en la ciudad, le envió a unos ancianos judíos a pedirle que curara a su siervo, y que éstos le dijeron a Jesús: “Merece que le concedas ese favor, pues quiere a nuestro pueblo y hasta nos ha construido una sinagoga”.

Por lo visto en el corazón de este hombre no sólo cabía el amor hacia su siervo, sino hacia todo un pueblo.

Y lo notable es que no era su pueblo.

El imperio romano tenía dominado al pueblo de Israel.

Y como siempre sucede en estos casos, la relación entre ambos era, cuando menos, tensa.

Se despreciaban mutuamente.

Los romanos tenían a los judíos por fanáticos religiosos, los judíos llamaban a los paganos romanos, ‘perros incircuncisos’.

En ese contexto llama mucho la atención que un oficial romano se atreviera a ir a contracorriente de la opinión generalizada de sus conciudadanos, y no sólo amara al pueblo judío, sino gastara su dinero construyéndole una sinagoga.

No solemos ser así.

Solemos adherirnos incondicionalmente a las filias y fobias del grupo al que pertenecemos, sea familiar, de amigos, de colegas o incluso de miembros de un movimiento religioso.

Con demasiada frecuencia dirigimos nuestra solidaridad en la dirección equivocada.

Y con tal de ser aceptados, no criticados, nos ponemos del lado de quien no debemos.

Hace unos días se publicó en el periódico que un niño de siete años se suicidó porque ya no soportaba la burla a la que lo sometían unos compañeros de su escuela. Y su mejor amigo confesó que nunca dijo nada porque no quería ser un ‘soplón’ y caerles mal a aquellos niños.

Maravillan a Jesús quienes son capaces de amar aunque todos a su alrededor odien; defender al que es víctima de la injusticia; a los que son discriminados, despreciados, explotados, excluidos, descalificados, olvidados.

Narra Lucas que Jesús se puso en camino, y que antes de llegar a la casa del oficial romano, éste le mandó decir: “Señor, no te molestes, porque yo no soy digno de que Tú entres en mi casa; por eso ni siquiera me atreví a ir personalmente a verte. Basta con que digas una sola palabra y mi criado quedará sano”.

Hay muchas personas que se creen tan merecedoras de los favores de Dios que incluso se atreven a reclamarle cuando no les concede lo que le piden.

Supe de una señora que estaba segura de que Dios le concedería cierto milagro que más que pedirle, le exigía, y cuando éste no sucedió, ella se enojó con Dios, dejó de rezar, dejó de ir a la iglesia, se sintió defraudada, no lo podía creer, se preguntaba: ‘¿cómo no hizo Dios esto por mí, si yo nunca falté a Misa, siempre di limosna, fui tan buena católica?

No le cabía en la cabeza que para conceder algo Él no toma en cuenta si alguien tiene ‘méritos’ o no, sino si conviene con miras a la salvación eterna.

Y sólo concede aquello que es para bien, aunque de momento no parezca, aunque de momento esto no se alcance a captar o a comprender.

No es fácil admitir que no merecemos nada.

Se requiere una humildad como la de el oficial romano, que no se cree digno de recibir un milagro de parte del Señor, y eso que sus amigos judíos sí lo consideran merecedor.

Por eso, aunque se atreve a pedir lo que necesita, lo hace sin exigir.

Y a diferencia de muchos que piden a Jesús una señal para poder creer en Él, este hombre no requiere que Jesús imponga las manos sobre su criado ni que haga bajar un rayo del cielo; no pide nada especial; se conforma con que Jesús pronuncie una palabra.

Eso le basta.

Dice san Lucas que Jesús “se maravilló, y volviéndose hacia la gente que lo seguía, dijo: ‘Yo les aseguro que ni en Israel he hallado una fe tan grande’...”

Ahí lo tenemos.

Ya averiguamos cómo podemos maravillar a Jesús.

Y la buena noticia es que no es complicado ni espectacular lo que debemos hacer.

Basta vivir de verdad el amor, la humildad y la fe.

*Publicado el 2 de junio de 2013 en la pag web de ‘Desde la Fe’, Semanario de la Arquidiócesis de México (www.desdelafe.mx) y en la pag. del Sistema Informativo de la Arquidiócesis de México (www.siame.com.mx). Este día del padre, regala o regálate libros de esta autora, o su ingenioso juego de mesa ‘Cambalacho’. Conócelo aquí en www.ediciones72.com