Contraposiciones
Alejandra María Sosa Elízaga*
¿Qué es mejor, ser sabio o ignorante?, ¿poderoso o débil?, ¿importante y admirado o insignificante y despreciado?
Probablemente mucha gente elegiría en cada caso la primera opción sin pensarlo dos veces, pero también sin considerar que quizá estaría en perfecta armonía con los criterios del mundo, pero en total contradicción con los de Dios.
Y es que en la Segunda Lectura que se proclama este domingo en Misa (ver 1Cor 1, 26-31) dice san Pablo que Dios elige a los ignorantes, débiles, insignificantes y despreciados.
Semejante afirmación parecería dar la razón a los no creyentes que juzgan que la religión es para tontos e inseguros que merecen, si no desprecio, cuando menos lástima.
Pero no es así. Para comprenderlo es indispensable establecer a qué se refiere cada término, porque cada uno tiene un significado distinto para el mundo y para Dios.
Ser sabio, para el mundo, es tener un gran cúmulo de conocimientos.
Pero el saber mucho no asegura la salvación, y puede convertirse en un obstáculo: Si no va acompañado de principios éticos, morales, el conocimiento puede encaminar al ser humano hacia su destrucción. No sólo porque se sabe cómo hacer algo es correcto hacerlo (por ejemplo una bomba, un aborto, una clonación).
También puede suceder que el sabio de este mundo pretenda aproximarse a Dios como quien analiza algo bajo el microscopio, y si no obtiene todas las respuestas -y es evidente que no las obtendrá pues Dios está muy por encima de la estrecha capacidad humana- se niegue a creer en Él, que está más allá de lo que conoce y puede ver, tocar, en suma, abarcar.
Y por último, también puede ocurrir que quien cree saber mucho pierda la capacidad de asombro, y se vuelva como esos escribas y fariseos de tiempos de Jesús que conocían a fondo las Escrituras, pero ya no se dejaban conmover y mucho menos mover por ellas.
A los sabios del mundo Dios contrapone los ignorantes del mundo.
¿Qué se entiende por este término? No tiene nada que ver con la educación, la ciencia o la cultura a nivel humano. A diferencia de lo que creen algunos, Dios no limita nuestro conocimiento, sino todo lo contrario, le quita todo límite, porque lo abre a la verdadera sabiduría que es la que proviene de Él. El ignorante de este mundo es aquel que no cree saberlo todo, y por eso le pregunta todo a Dios; que no cree que puede entenderlo todo, y por eso calla y reflexiona; que no cree captarlo todo, y por eso pone su mirada y su confianza no en sí mismo, sino en su Creador. El ignorante de este mundo es el verdaderamente sabio, a diferencia del sabio de este mundo que ignora lo único que vale la pena conocer.
Ser poderoso para el mundo es tener la capacidad para mandar a otros, someterlos, humillarlos, arrasarlos, destruirlos.
Pero por más poderoso que se crea o sea un ser humano, su poder está restringido porque depende de sí mismo y de algo tan frágil como su salud o tan perecedero como su dinero o sus armas.
A los poderosos de este mundo Dios contrapone a los débiles. Y cuidado con entender este término como sinónimo de blandengues, porque no lo es.
Los débiles de este mundo son los que no confían en sus propias fuerzas y por eso se ponen en las manos del Todopoderoso, y así, en la debilidad humana del que se abre a la gracia de Dios se manifiesta en todo Su poder la fuerza de Dios, y por ello los débiles del mundo son infinitamente más poderosos que los poderosos del mundo.
A los importantes y admirados en este mundo Dios contrapone a los insignificantes y despreciados, es decir, a los que no son tomados en cuenta porque no viven volcados hacia afuera, pendientes del qué dirán, sino que calladamente, anónimamente se esfuerzan en imitar a Aquel que no vino a ser servido, sino a servir y por amor a nosotros se humilló hasta morir en la cruz.
Queda claro que Dios no se guía por apariencias, por lo que no vale la pena querer ser sabios o poderosos o importantes a los ojos del mundo, sino a los ojos de Dios, y para conseguirlo, no requerimos escalar posiciones ni cosechar aplausos, muchos ‘likes’ en las redes sociales, ser ‘influencers’, sino esforzarnos por vivir conforme a lo que plantea Jesús en el Evangelio que se proclama este domingo en Misa: (ver Mt 5, 1-12): desapegados de los bienes materiales, con un corazón compasivo, manso, misericordioso y limpio, trabajando por la paz y la justicia. Así, contribuiremos a realizar lo más importante, relevante, trascendente que puede haber, a lo único que vale la pena ponerle todo el esfuerzo y toda la atención: edificar, día a día, el Reino de Dios.
(Del libro de Alejandra María Sosa Elízaga “La Fiesta de Dios”, Col. ‘Lámpara para tus pasos’, ciclo A, Ediciones 72, México, p. 33, disponible en Amazon).

y los envió por delante...