Ver y no ver
Alejandra María Sosa Elízaga*
‘No hay peor ciego que el que no quiere ver’, dice el dicho, para referirse a quien neciamente cierra los ojos para no reconocer una realidad que tiene, como se dice popularmente ‘frente a sus narices’.Y aplica muy bien a lo que leemos en el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Jn 9, 1-41).
Empieza diciendo que Jesús vio a un ciego de nacimiento. De entrada resulta conmovedor comprobar que aun cuando una persona sea incapaz de voltear la mirada hacia Dios y darse cuenta de Su presencia en su vida, Él, en cambio, sí tiene Su mirada puesta en ella, y no es una mirada indiferente, sino compasiva.
Jesús, que dijo de Sí mismo: “Yo soy la luz del mundo” (Jn 9,5), hizo lodo, lo puso en los ojos al ciego, le pidió que fuera a lavarse, éste obedeció y recobró la vista.
Tan radical cambio en aquel hombre no pasó desapercibido, y sus vecinos y conocidos se preguntaban: ‘¿es él o se parece?’
Así sucede con quien ha tenido un encuentro con Dios y se ha dejado iluminar el corazón. Ya no es el mismo de antes, tiene ahora una nueva luz interior que se le nota, y hay un cambio también en su actitud, si antes su dios era el dinero, ahora es el Señor; si antes buscaba poder para que otros lo sirvieran, ahora lo que busca es poder servir a otros, y así en todo.
Claro que semejante cambio provoca en los que lo conocen muy diversas reacciones. Hay quien se alegra genuinamente por su conversión, pero hay otros a los que su cambio los incomoda grandemente porque sin querer les echa en cara que ellos no han cambiado y no quieren cambiar.
Es lo que sucedió a los fariseos de los que nos habla el Evangelio. No querían creer que ése, al que conocían de toda la vida, había sido curado, y lo cuestionaban, discutían entre ellos, lo volvían a interrogar, incluso buscaron a los papás de él para ver qué decían, y cuando le volvieron a hacer preguntas y él, muy sensatamente, les hizo ver que semejante curación no podía venir sino de Dios, en lugar de abrirse a esa posibilidad, lo insultaron.
Si hubiera dicho lo que querían oír, le habrían hecho caso, pero como dijo lo que no querían oír, lo tildaron de pecador y lo echaron fuera.
Y justamente fuera fue que se encontró de nuevo con Jesús, ante el cual se postró para adorarlo. Los que lo corrieron le hicieron un favor, le permitieron encontrarse de nuevo con Aquel que es la Luz, ellos en cambio permanecieron en tinieblas. De ellos dijo Jesús: “Si estuvieran ciegos, no tendrían pecado; pero como dicen que ven, continúan en su pecado” (Jn 9, 41).
En este Cuarto Domingo de Cuaresma, llamado ‘Domingo Laetare’, es decir, ‘de la alegría’ (pues nos alegramos de que esté ya más cerca la Pascua), quedamos invitados a examinar cómo están nuestros ojos, no los del cuerpo, que no importa si ven mal o poco, sino los del alma. Si saben captar la presencia del Señor que nos llena de gozo. Si vemos realmente y caminamos alegres y seguros, o sólo creemos ver, pero tropezamos porque seguimos a oscuras.
Preguntémonos cómo se nos aplica lo que dijo Jesús: “Yo he venido...para que los ciegos vean y los que ven se queden ciegos” (Jn 9, 39).
(Del libro de Alejandra Ma Sosa E “La Fiesta de Dios”, Col. ‘Lámpara para tus pasos’, ciclo A, Ediciones 72, México, p. 59, disponible en Amazon)

y los envió por delante...