y los envió por delante...
a todas las ciudades y sitios a donde ÉL había de ir...'
(Lc 10,1)

Humildad

Alejandra María Sosa Elízaga*

Humildad

¿Qué es la humildad?, ¿en qué consiste?

Se le hizo esta pregunta a varias personas y fue interesante descubrir que lo que dijeron bien podía haber sido la respuesta a la pregunta: ¿qué es la 'baja autoestima'?, pues la gran mayoría contestó que la humildad consiste en sentirse uno menos que los demás, o dejar que otros lo 'mangoneen', o pensar que uno no vale nada, o negar las propias cualidades para no 'creerse mucho'.

Luego de escuchar todo esto se comprende por qué a la mayoría de la gente eso de ser 'humilde' no se le antoja en lo absoluto, claro, porque piensa que es sinónimo de volverse un cero a la izquierda, o ponerse de 'tapete' para que otros lo pisoteen, lo cual definitivamente no suena atractivo en un mundo en el que los papás se la pasan animando a sus hijos a ser mejores que los demás; los maestros empujan a los alumnos a destacarse por encima de sus compañeros, y en general en los medios laborales, sociales, deportivos, culturales, se favorece que se luche por superar a otros, por dominar a otros, por lucir las propias cualidades y aprovecharlas para escalar posiciones.

Parece que eso de la humildad no cuenta con muchos adeptos.

El conflicto surge cuando descubrimos que como cristianos se nos invita una y otra vez a ser humildes, y no se nos da oportunidad de voltear para otro lado y hacer como que no oímos.

Sin ir más lejos, en la Primera Lectura que se proclama este domingo en Misa (ver Sir 3, 19-21) se nos aconseja: "Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad y te amarán más que al hombre dadivoso. Hazte tanto más pequeño cuanto más grande seas y hallarás gracia ante el Señor, porque sólo Él es poderoso y sólo los humildes le dan gloria". En la Aclamación antes del Evangelio, recordamos las palabras del propio Jesús que nos invita a aprender de Él, que es "manso y humilde de corazón" (Mt 11,29). Y en el Evangelio dominical (ver Lc 14, 1.7-14) Jesús nos advierte que “el que se engrandece a sí mismo será humillado, y el que se humille será engrandecido.”

Una vez más, nuestra fe nos propone un camino que de entrada quizá no nos 'late' seguir. Pero si comprendiéramos que gran parte de nuestra resistencia a seguirlo se debe a que tenemos una idea equivocada acerca de la humildad, podríamos cambiar de mentalidad y no sólo aceptar con resignación, sino con verdadero gozo la perspectiva de ser humildes, ya que, como seguidores de Cristo estamos continuamente llamados a ello.

Lo primero que habría que hacer es redefinir nuestro concepto sobre la humildad.

Si hubiera que dar una definición me atrevería a decir que consiste en tener lo que san Ignacio de Loyola llama, en sus famosos ejercicios espirituales: ‘la gracia de conocernos a nosotros mismos como somos conocidos por Dios’; en otras palabras, de vernos como Él nos ve. ¿Por qué? Porque si aprendes a verte como Dios te ve (ojo: partiendo de que Aquel que te ve no es un implacable y crítico Juez, sino que te ve desde Su infinito amor por ti), te sitúas en tu justa perspectiva: no eres una criatura insignificante que no vale nada y que debe ser despreciada o aplastada por otros, eres alguien valiosísimo a los ojos de Dios, y te ha dotado de numerosas cualidades, pero, y he aquí el fundamento de la humildad, no porque las merecieras, sino por pura gratuidad, porque así le pareció bien.

Como se ve, la verdadera humildad no es sinónimo de 'baja autoestima'; no consiste en compararse desfavorablemente con los demás, ni en negar las propias cualidades (tremenda ingratitud hacia Aquel que las otorgó), ni en dejarse atropellar en sus derechos; pues parte del principio de que todos y cada uno fuimos creados por el mismo Padre, igualmente amados por Él. La verdadera humildad es más bien el 'antídoto' contra la 'baja autoestima', pues hace al humilde consciente de cuánto lo ama Dios y cuánto vale a Sus ojos, puesto que lo ha colmado de inmerecidas bendiciones.

Podría decirse que la verdadera humildad consiste, sobre todo, en reconocer y agradecer que los propios dones se han recibido gratuitamente de Dios, y en proponerse aprovecharlos al máximo para gloria Suya y bien de todos.

Queda claro por qué el Señor nos invita a ser humildes. No es, como algunos creían, para que vivamos 'bocabajeados', no. Su razón es la que siempre está detrás de todo lo que nos pide: nuestra felicidad. Sí, por extraño que nos parezca, influenciados por los criterios del mundo, la verdadera humildad produce felicidad.

Considera esto: el humilde es feliz porque no vive pendiente del qué dirán, ni en competencia con nadie, ni muerto de envidia por lo que otros tienen, ni acomplejado por sentirse 'menos' que los demás, pues sabe que cada uno ha recibido los dones que Dios, en Su infinita sabiduría, ha determinado otorgarle de acuerdo a las particulares circunstancias que le permitirá vivir. Es feliz porque no se la pasa angustiado creyéndose un inepto, incapaz de salir adelante, pues sabe que Dios le ha dado y le seguirá dando cuanto necesite para enfrentar lo que sea, en el momento preciso. Es feliz porque no tiene problema en aceptar críticas o en admitir sus errores, pues conoce su propia fragilidad y pequeñez, pero conoce también que Dios pone siempre Sus ojos en lo pequeño y concede siempre Su abundante gracia a los humildes (ver Is 66,2; 1Pe 5,5).

Decía santa Teresa de Ávila que la humildad es ‘andar en verdad’, es decir no engañarnos a nosotros mismos: ni creernos lo máximo ni creer que no valemos nada, sino reconocer sencillamente lo que somos, y con la ayuda de Dios corregir lo malo y agradecer y hacer fructificar lo bueno.

 

(Del libro de Alejandra María Sosa Elízaga “Gracia oportuna”, Col. ‘Fe y vida’, ciclo C, Ediciones 72, México, p,. 127, disponible en Amazon).

Publicado el domingo 31 de agosto de 2025 en la pag web y de facebook de Ediciones 72