y los envió por delante...
a todas las ciudades y sitios a donde ÉL había de ir...'
(Lc 10,1)

La espera de la misericordia

Alejandra María Sosa Elízaga*

La espera de la misericordia

¿Te ha sucedido alguna vez preguntarte con exasperación por qué cierta persona que ha hecho un mal no ha recibido su merecido?

Sea en una película o en la vida real suele enojarnos el ver que a los 'malos' les vaya (aparentemente) bien, nos 'choca' que parezca que se salen con la suya, que andan por la vida tan tranquilos sin recibir castigo alguno. Nos preguntamos ¿es que Dios no se entera?, ¿está volteando para otro lado?

A esta pregunta nos responde un texto del Libro de la Sabiduría que se proclama este domingo en Misa (ver Sab 11,22-12,2), en el que el autor afirma que Dios se compadece de todos, y aunque puede destruirlo todo, aparenta no ver los pecados de los hombres, para darles ocasión de arrepentirse, pues Él ama a todos porque todos somos Suyos. ¿Qué significa esto?

Que no es que Dios no se dé cuenta o sea indiferente a lo que sucede, sino que Su amor de Padre lo mueve a esperar, a ser paciente, a dar una nueva oportunidad (o muchas) a quien ha hecho algo indebido, para ver si éste por fin recapacita y se arrepiente.

Y antes de que alguien se incomode por esta excesiva paciencia de Dios y diga: “pues a mí lo que me gustaría es que no tuviera tantos miramientos con ésos que hacen maldades y los refundiera rapidito en el infierno”, hay que detenerse a pensar que la misericordia divina es algo que nos conviene a todos porque todos la necesitamos.

Recuerda que cuando tú has actuado con egoísmo, injusticia, deshonestidad, ira, rencor, Dios no ha enviado fuego del cielo a achicharrarte, sino que te ha permitido seguir adelante, y ha buscado la manera de corregirte y ayudarte a enmendar el camino.

Así pues, en lugar de enfadarnos por no tener un Dios automáticamente castigador y justiciero que condene pronto a otros, alegrémonos y demos gracias porque esa bondad paciente que los beneficia a ellos, ¡nos beneficia también a nosotros!

En primer lugar, porque tenemos la certeza de saber que no importa cuán bajo caigamos, jamás se cansa de poner los medios para levantarnos.

Y en segundo lugar, porque la misericordia del Señor hacia ésos, que si dependieran de nosotros ya estarían en el infierno chamuscándose, da frutos sorprendentes de conversión. Y así, cuando aquellos que hubiéramos querido ver eliminados son en cambio iluminados, suelen transformarse en personas de bien, cuyas buenas obras lamentaríamos perder (pensemos en las historias de conversión de muchos grandes santos que antes fueron grandes pecadores).

Y es que, a diferencia de nosotros, "Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva" (Ez 18, 32).

El Evangelio que se proclama este domingo en Misa es muestra clara de ello (ver Lc 19, 1-10). Nos cuenta el caso de Zaqueo.

El solo nombrecito suena a robo (y no lo salva que se escriba con z).

Se trataba de alguien odiado en su comunidad porque era publicano, es decir, trabajaba cobrando impuestos a sus paisanos para dárselos a los romanos, que los tenían oprimidos, por lo cual era despreciado no sólo por ser colaborador de los extranjeros que dominaban el país y por tanto, tener trato constante con paganos considerados impuros (lo cual le contagiaba la impureza), sino, y esto era lo peor, porque como lo autorizaban a ganar lo que quisiera, podía subir los impuestos tanto como se le ocurriera.

Sus semejantes sentían hacia él coraje y desdén. Prueba de ello es que cuando supo que Jesús estaría en su ciudad y quiso conocerlo, nadie lo ayudó, nadie lo dejó pasar, nadie le abrió un espacio, cabe imaginar que incluso se le ponían enfrente para fastidiarlo, pues era de baja estatura.

Tuvo que subirse a un árbol, de antemano resignado a ver a Jesús pasar de lejos.

Pero he aquí que el Señor no comparte los juicios de la gente. No juzga por apariencias, no ve sólo los malos resultados. Su mirada, libre de prejuicios, sondea el corazón para buscar y encontrar en él siempre algo bueno, por pequeño que parezca, y partir de ahí para obtener algo mayor...

Y así, se las arregló para pasar justo debajo del árbol en el que se había encaramado el chaparrito, alzó la vista y le avisó que iría a hospedarse a su casa.

¡Podemos imaginar las caras de la gente! Todas con sorpresa, muchas con indignación y una sola felicísima. Dice San Lucas que Zaqueo se puso “muy contento”. ¡Claro!, el encuentro con Aquel que no te zarandea reprochándote tus múltiples caídas sino que cree en tu propósito de enmienda y con Su confianza en ti te restaura y endereza, el encuentro con el Señor de la misericordia provoca siempre alegría. Y algo más: conversión. Saber que Dios cree en ti más que tú mismo, que ve en ti un potencial para el bien que tú no creías tener, te levanta, te inspira, te mueve a mejorar para no irlo a defraudar.

Es lo que sucedió con Zaqueo. Mientras muchos se quedaban afuera criticando que Jesús visitara a pecadores, adentro sucedía algo maravilloso: el pecador visitado por Aquel que es la Luz, comprendía por vez primera que había vivido en tinieblas, se decidía por fin a dejarse iluminar el corazón, y se proponía cambiar, restituir lo robado, ser distinto de ahí en adelante.

Antes de ese día, seguramente sus contemporáneos hubieran querido 'darle una lección' para vengarse de él; afortunadamente cayó primero en manos del verdadero Maestro, de Aquel que enseña lo único que vale la pena, que es amor y perdón.

Afortunadamente para aquel hombre, como para todos nosotros, el Señor tiene la costumbre de aplazar el juicio y apresurar el abrazo, pasar por alto nuestras faltas, y venir a buscarnos para hospedarse con nosotros y ver si aceptamos, como Zaqueo, que llegue hoy la salvación a nuestra casa (ver Lc 19, 9).

 

(Del libro de Alejandra María Sosa Elízaga “Gracia oportuna”, Col. ‘Fe y vida’, vol. 4, Ediciones 72, México, p. 156, disponible en Amazon).

Publicado el domingo 30 de octubre de 2022 en la pag web y de facebook de Ediciones 72