y los envió por delante...
a todas las ciudades y sitios a donde ÉL había de ir...'
(Lc 10,1)

Misión

Alejandra María Sosa Elízaga*

Misión

Siempre empezaba igual. Un señor de ojos azules y pelo platino llegaba a algún sitio público y se dirigía a sacar, discretamente y del lugar más insospechado, un sobre tamaño carta, del que extraía fotos y una grabadorcita que de inmediato ponía en ‘play’. Entonces se oía una voz que le explicaba quiénes aparecían en las fotos (casi siempre personajes importantes y extranjeros), le proponía una peligrosa misión para ayudarlos a hacer un bien o para impedirles hacer un mal, y le advertía que si a él o a su personal lo herían, mataban o descubrían, la ‘organización’ negaría conocerlos (como quien dice: si saben contar...). Por último avisaba que la grabadora se autodestruiría en cinco segundos y efectivamente, al tiempo señalado ésta empezaba a echar humito. Entonces el de los ojos azules se guardaba el sobre, ponía cara de ‘aquí no pasó nada’ y salía decidido a emprender la riesgosa misión encomendada, ayudado por sus asistentes: un experto en electrónica, un fortachón, uno que podía copiar los rasgos de cualquier persona, confeccionarse una máscara para lucir como ella y asumir su identidad, y una glamorosa espía.

Recordé esto, que sucedía en un programa de televisión que fue muy popular a finales de los sesentas (¡ay, en el siglo pasado!), porque este domingo se celebra el DOMUND o Domingo Mundial de las Misiones, y pensaba que la gente suele relacionar la palabra ‘misión’ con ir a evangelizar a los habitantes de algún país lejano o con realizar una tarea como la de aquella serie televisiva, pero eso es limitar su significado. Misión viene de un término en latín que significa envío, enviar. Y sabemos que el Señor envió a Sus discípulos a ir por todo el mundo predicando el Evangelio. Y es lógico suponer que no esperaba que dicho envío terminara cuando muriera el último apóstol, sino que continuara hasta el fin de los tiempos, lo cual significa que ahora el Señor nos envía a nosotros a realizar una misión, y cabe comentar que felizmente ésta es muy distinta a la de aquel programa de televisión, no sólo porque no se nos comunica en secreto ni tenemos que realizarla a escondidas, ni ser expertos en circuitos, tener una fuerza descomunal, cambiar de identidad o espiar a otros, sino porque Aquel que nos envía no nos dice que si algo malo nos pasa se desentenderá de nosotros, todo lo contrario, nos promete estar pendiente y ayudarnos en lo que necesitemos, pues Él no graba Sus indicaciones desde alguna anónima oficina, sino que nos las va diciendo al oído porque ¡viene a todas partes con nosotros! A estas alturas tal vez alguno diga: ‘bueno, me queda claro que tengo una misión, pero no sé cuál es ni qué necesito para cumplirla’, a lo que cabe responder citando las palabras que acompañan este domingo el cantar del Aleluya: “Iluminen al mundo con la luz del Evangelio reflejada en Su vida.”(Flp 2, 15.16).

Para cumplir tu misión no tiene que irte lejos ni complicarte, simplemente mira a tu alrededor y pídele al Señor que te haga sentir, que te haga saber de qué quiere que te encargues, cómo puedes iluminar a otros con la luz del Evangelio reflejada en tu propia vida.

Tal vez tu misión sea animar la fe de tu cónyuge, o ser quien aclare las dudas de fe de un compañero de trabajo, o ayudar a preparar a alguien para recibir un Sacramento. Descubrir a qué misión te llama Dios es el primer paso, lo siguiente es procurar cumplir seis requisitos básicos de todo misionero. Para facilitar recordarlos te recomiendo poner por obra lo que propone este acróstico, cuyas letras iniciales forman la palabra ‘misión’:

1. Mantente informado de las necesidades de la Iglesia, qué temas quiere que se difundan, qué personas necesitan atención.

2. Instrúyete. Familiarízate con la Biblia, conoce el Catecismo, lee lo que dice el Papa; prepárate para poder dar, como pedía san Pablo, testimonio de tu fe.

3. Sal de tu comodidad, de tu pena, de tu miedo o inseguridad y atrévete a ir al encuentro de quien te necesite.

4. Inculturiza. Con respeto hacia las creencias de otros, reoriéntalas hacia Dios.

5. Ora por ti, por los destinatarios de tu misión y por todos los misioneros.

6. Necesita de los otros; admite tu necesidad, no te creas autosuficiente ni creas que sólo tú tienes algo que dar. Aprende a depender de los demás y a valorar y recibir lo que te puedan aportar.

Cada año la Iglesia celebra el DOMUND no sólo para pedir que apoyemos las misiones con nuestra ayuda económica y oración, sino para recordarnos que todos y cada uno estamos llamados a cumplir una misión, o mejor dicho, muchas, cada día, todos los días. Descubre las tuyas. Cuentas con la gracia de Dios para poder cumplirlas.

 

(Del libro “La Fiesta de Dios”, Col. ‘Lámpara para tus pasos’, ciclo A, Ediciones 72, México, p. 142, disponible en Amazon)

Publicado el domingo 18 de octubre de 2026 en la pag web y de facebook de Ediciones 72