y los envió por delante...
a todas las ciudades y sitios a donde ÉL había de ir...'
(Lc 10,1)

La Fiesta de Dios

Alejandra María Sosa Elízaga*

La Fiesta de Dios

El contraste era notable. En un video casero en el que aparecía una familia celebrando el cumpleaños de su chamaquito, que salía soplando las velas de su pastel y estaba muerto de risa porque éstas no se apagaban por nada, niños y adultos sonreían y traían puestos chistosos gorritos. Algunos salían inflando sus ‘espantasuegras’ o arrojando serpentinas, y se veía que se estaban divirtiendo mucho. Pero había una excepción. Contrastaba el ceño fruncido de un señor que no traía gorrito. A la amiga que me estaba mostrando el video le pregunté quién era ese invitado que se veía tan enojado. Respondió que era un tío de su mamá. Pregunté: ‘¿estaba molesto porque no alcanzó gorrito?’ a lo que respondió: ‘¡no, qué va!, no se lo quiso poner. Está muy amargado y creo que no le gustan las fiestas. No pensamos volverlo a invitar.’

Recordé esto al leer el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Mt 22, 1-14). En él narra Jesús una parábola acerca de un rey que preparó un banquete de bodas para su hijo, pero los invitados no quisieron ir, y cuando mandó que les insistieran e incluso les dijeran en qué consistiría el rico menú, como para ver si con eso lograba antojarlos para que asistieran, no sólo no se dejaron convencer, sino que respondieron de la peor y más inesperada manera: ¡insultando y matando a los empleados que fueron a invitarlos!

Parece imposible que alguien reaccione así ante una invitación tan gentil y generosa, pero desgraciadamente sucede.

Por increíble que parezca, con demasiada frecuencia y en las más diversas circunstancias, el ser humano no solamente no agradece, sino rechaza encolerizado participar del gozo al que Dios lo invita.

Ahí tenemos, por ejemplo, el caso extremo de una mujer que entre millones de mujeres que desean con toda el alma tener un hijo pero no logran concebirlo, recibe la invitación a ser madre, se niega a aceptarla y provoca la muerte del hijo en sus entrañas.

Y hay otros ejemplos que muestran con qué facilidad algunas personas rechazan los llamados de Dios a participar de Su alegría.

Hay quienes no acuden a la Confesión, que es una fiesta en la que somos invitados a recibir el abrazo del Padre y celebrar con Él que logró recobrarnos cuando estábamos perdidos, prefieren quedarse sumidos en la oscuridad de su pecado.

Hay quienes no asisten a la Eucaristía, que es una fiesta en la que se nos ofrece el mejor banquete que puede haber. Prefieren intentar saciar su hambre en lo que no alimenta y su sed en agua de cisternas agrietadas.

Despreciar las invitaciones a estas fiestas es despreciar a Aquel que nos invita a ellas.

En la parábola sigue contando Jesús que cuando aquel rey se vio rechazado por sus primeros invitados, mandó a sus empleados a ir a los cruces de caminos a invitar a todos los que se encontraran, y entonces el salón se llenó de comensales, buenos y malos. Entonces el rey entró a saludarlos, descubrió a uno que no iba adecuadamente vestido y le preguntó: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de fiesta?”, pero éste no le contestó nada, se quedó callado.

Se suele interpretar que ese traje de fiesta representa el alma que debe estar limpia de pecado para poder entrar al cielo, por lo que este sujeto que no lo traía puesto representa al pecador que no ha querido arrepentirse. Si le hubiera dicho al rey: ‘ay, mi Señor, qué pena, pero no tuve tiempo de cambiarme, te ruego me disculpes y mandes a uno de tus servidores a que me consiga un traje adecuado para que esté yo presentable en esta fiesta’, de seguro el rey hubiera accedido. Pero no fue así. Guardó silencio enfurruñado.

En ese sentido quizá cabría considerar que el pecado de ese hombre es uno del que tal vez no mucha gente no se confiese pero debería, y consiste en negarse voluntariamente a participar de la fiesta de Dios: no querer ser abrazado por Él, perdonado por Él, alimentado por Él. Y también negarse a experimentar la alegría de cumplir Su voluntad: negarse a amar, a perdonar, a dar sin esperar recompensa, a poner los propios dones al servicio de otros; en resumen, rechazar la alegría de Dios.

El invitado del que nos habla Jesús en la parábola fue arrojado fuera, a las tinieblas. No es que lo castigaran, él mismo se castigó. Ya desde antes había optado por ellas. Como aquel tío del video, eligió quedarse al margen de la celebración, y al margen se quedó, para siempre.

Qué pena, en el amplio sentido de la palabra, si nos mantenemos aferrados a la propia amargura, pudiendo entrar a disfrutar la fiesta, la alegría de Dios, Su dulzura.

 

(Del libro de Alejandra María Sosa Elízaga “La Fiesta de Dios”, Col. ‘Lámpara para tus pasos’, ciclo A, Ediciones 72, México, p. 136, disponible en Amazon).

Publicado el domingo 11 de octubre de 2026 en la pag web y de facebook de Ediciones 72