y los envió por delante...
a todas las ciudades y sitios a donde ÉL había de ir...'
(Lc 10,1)

Saber pedir

Alejandra María Sosa Elízaga*

Saber pedir

Que me gane la lotería o los pronósticos deportivos o el Melate, o mejor aún, de una vez ¡todos!; que gane mi equipo favorito, que mi suegra se vaya a vivir a Timbuctú, que con un chasquido de mis dedos pueda aparecer todo lo que se me antoje...

Esta lista de peticiones fantásticas podría seguir y seguir, y probablemente coincidiría en algo, tal vez en mucho, con la que tú harías si Dios te ofreciera lo que leemos en la Primera Lectura que se proclama este domingo en Misa (ver 1Re 3, 5-13) que le ofreció al rey Salomón: “Pídeme lo que quieras y Yo te lo daré”. 

¿Te imaginas? ¿Que el Todopoderoso, Aquel para quien nada es imposible, te hiciera semejante oferta? ¡¡Uy!!, ¡¡lo que podrías pedirle!! No te alcanzaría la imaginación, la lengua, las horas para pedir y pedir y pedir.

Te sentirías como en esos maratones que organizan algunas tiendas en donde le dicen a la clientela que todo lo que alcance a meter en su carrito en un minuto es gratis y ahí va la gente desesperada, corre y corre, arrojando como loca todo lo que encuentra a su paso (que, por supuesto, no son artículos buenos ni caros, ésos han tenido buen cuidado de ponerlos fuera de su alcance).

¿Qué pedirías tú si Dios prometiera darte gusto, fuera lo que fuera que le pidieras?, ¿qué encabezaría tu lista?  Seguramente no lo que se le ocurrió a Salomón. ¿Qué crees que pidió? Ni te lo imaginas. Pidió: “sabiduría de corazón” (1Re 3,9). ¡¡Que ¿¿quéeeee??!!, ¿sabiduría?, ¿de veras?, ¿estaba bromeando?,  ¿lo mal aconsejó algún enemigo suyo?, ¿qué pasó aquí?, ¿cómo fue que pudiendo pedir cualquier cosa, y cabe enfatizar: cual-quier-co-sa, se le ocurrió pedir sabiduría? ¿Qué no supo qué contestar y dijo lo primero que le vino a la mente, para luego darse de topes contra la pared pensando: ‘hubiera pedido esto y lo otro’?

No. Nada de eso. Si leemos el razonamiento que viene antes de su respuesta nos damos cuenta de que pensó muy bien qué debía pedir y pidió realmente lo mejor.

De su discurso se desprende que lo que más quería era servir bien a Dios, y como Él le había confiado una difícil tarea para la que Salomón no se sentía capacitado, le pidió lo que más falta le hacía: sabiduría, que le permitiría aprender a conocer Su voluntad, caminar con rectitud, elegir siempre el camino mejor.

No fue una tontería de su parte, no desperdició una buena oportunidad, todo lo contrario, la aprovechó perfectamente, pidió lo máximo que podía pedir, ¿por qué?, no sólo porque era lo que le permitiría gobernar bien al pueblo que le había sido encomendado, sino porque con ello agradó a Dios, que viendo que Salomón no se dejó llevar por la ambición ni la avaricia, le concedió lo que le pidió, un corazón sabio y prudente, y le concedió también lo que no pidió: incomparable gloria y riqueza.

Alguno podría pensar que lo bueno es que Salomón obtuvo grandes riquezas, pero no es así. Lo bueno no es que Salomón se volvió rico, sino que se volvió sabio, y haremos bien en imitarle, y pedir a Dios que nos conceda sabiduría, para no ambicionar otra cosa en nuestra vida que agradarle.

 

(Del libro de Alejandra María Sosa Elízaga “La Fiesta de Dios”, Col. ‘Lámpara para tus pasos’, ciclo A, Ediciones 72, México, p. 106, disponible en Amazon).

Publicado el domingo 26 de julio de 2026 en la pag web y de facebook de Ediciones 72