y los envió por delante...
a todas las ciudades y sitios a donde ÉL había de ir...'
(Lc 10,1)

Para todos

Alejandra María Sosa Elízaga*

Para todos

Para los judíos y para el resto del mundo; los cercanos y los lejanos; los que lo estaban esperando con ansia desde hacía siglos y los que no tenían ni idea de que habría de venir; los que supieron advertir Su llegada y aquéllos a los que les pasó completamente desapercibida; los que vivían en tierra de sombras y los que se sentían iluminados aunque estaban a oscuras.

Para los fervorosos creyentes y para los que no tenían fe; los que abrazaban su religión y los que la atacaban; los que conocían las Escrituras y los que no las conocían; los que, conociéndolas, procuraban cumplirlas y los que aunque las conocían no se dejaban ya mover por ellas.

Para los que se sabían necesitados de Él y para los que pensaban que no les hacía falta; los insatisfechos y los satisfechos; los preocupados y los despreocupados; los interesados y los indiferentes; los desesperanzados y los que mantenían la esperanza.

Para los que conocían el sufrimiento y para los que todavía no habían sufrido; los maltratados y los privilegiados; los atropellados en sus derechos y en su dignidad y los admirados y respetados; los que caminaban ligeros y los que se arrastraban agobiados por la carga; los enfermos y los que tenían salud.

Para los que no poseían nada y para los que creían tenerlo todo; los que se conformaban con poco y los ambiciosos; los desprendidos de los bienes de este mundo y los avariciosos; los que pasaban hambre y los que comían de más.

Para los felices y para los afligidos; los contentos y los descontentos; los de dulce carácter y los amargados; los que estaban rodeados de sus seres queridos y los que no tenían a nadie en este mundo.

Para los llenos de amor y para los llenos de odio; los de buena voluntad y los malintencionados; los que sabían perdonar y los rencorosos; los que querían vivir en paz y los que querían hacer la guerra; los pacíficos y los violentos; los mansos y los iracundos.

Para los virtuosos y para los viciosos; los veraces y los mentirosos; los honrados y los corruptos; los caritativos y los envidiosos; los castos y los lujuriosos; los humildes y los orgullosos.

Para los que entendían el sentido de su existencia y para los que no le hallaban razón; para los que apenas comenzaban su vida y para los que estaban ya por terminarla; para los hombres y para las mujeres, de cualquier raza y condición.

Para todos vino el Señor; para todos brilló Su estrella.

¿Quién la supo captar? Nos lo dice el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Mt 2, 1-12): No fueron aquéllos de los que cabía esperar que hubieran sido los primeros en darse cuenta, los que estaban más cerca, pues estaban cegados por sus propios intereses, demasiado ocupados en sus propios asuntos.

Fueron unos sabios del lejano Oriente, sensibles a las señales del cielo, quienes no sólo contemplaron la estrella, sino supieron interpretar su fulgor, comprender que los invitaba a seguirla y aceptar su callada y luminosa invitación. Y entonces ella los fue guiando, conduciendo, hasta el mismísimo lugar donde había nacido el Rey, el Salvador prometido y anhelado, el deseado de las naciones, el Sol que nace de lo alto, el Emmanuel, el Dios-con-nosotros, Aquél a quien San Juan llama “Luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo” (Jn 1,9), la única capaz de rescatarnos de toda tiniebla, de toda desesperanza.

Y desde entonces esa Luz del Señor sigue brillando para todos, esperando que todos la veamos, que dejemos que nos alumbre el corazón y nos mueva a salir de nosotros mismos, buscarlo a Él, y poder decir, al encontrarlo: “vimos surgir Su estrella, y hemos venido a adorarlo” (Mt 2, 2).

 

(Del libro de Alejandra María Sosa Elízaga “La fiesta de Dios”, Col, ‘Lámpara para tus pasos’, ciclo A, Ediciones72, México, p. 22, disponible en Amazon).

 

Publicado el domingo 8 de enero de 2023 en la pag web y de facebook de Ediciones 72