y los envió por delante...
a todas las ciudades y sitios a donde ÉL había de ir...'
(Lc 10,1)

Fe sostenida

Alejandra María Sosa Elízaga*

Fe sostenida

Quién sabe si se conocían, si se habían visto antes y si volvieron a verse después, pero quedaron ligados para siempre, y si se habla de uno se menciona a la otra.

¿Cómo fue que esta mujer y este hombre acabaron tan relacionados?, ¿qué tuvieron en común? Lo descubrimos en el Evangelio que se proclama este domingo en Misa (ver Mc 5, 21-43).

Ella llevaba doce años con una enfermedad que hacía que la consideraran 'impura' (y la despreciaran y no le permitieran tocar a otras personas), y había gastado toda su fortuna en médicos que, según dice San Marcos, en lugar de mejorarla la habían puesto peor, pero tenía fe en que sanaría con sólo tocar el manto de Jesús.

Él, que se llamaba Jairo, tenía una hija agonizante que falleció cuando ya Jesús iba de camino para sanarla, según le avisaron, con muy poca delicadeza por cierto, sus empleados: "Ya se murió tu hija. ¿Para qué sigues molestando al Maestro?' (Mc 5,35).

Tenemos aquí dos casos extremos, en los que según la lógica humana ya no había esperanza; pero tenemos también dos corazones que no quisieron rendirse ante las evidencias sino ante Jesús. Y por encima de la limitada lógica humana y a pesar de tener todo en contra, mantuvieron la fe. Y eso hizo la diferencia.

Cabe entonces que nos preguntemos: ¿qué es la fe?, ¿una especie de autosugestión, convencerse uno mismo de que algo saldrá de cierto modo para que en efecto así suceda?, ¿o un apetecible pero inalcanzable bien espiritual que sólo tienen unos cuantos privilegiados?

No. Podría decirse que la fe es una luz que Dios ha puesto en todos los corazones para que se vuelvan hacia Él, como los girasoles vuelven sus corolas hacia el sol. La fe nos encamina hacia Él, que viene a nuestro encuentro, nos permite percibirlo y, lo más importante, confiar en Él y responder con prontitud y alegría a lo que dispone para nosotros. Si hubiera que definir la fe con una sola palabra, ésta sería un 'sí'. La fe es responderle 'sí' a Dios, a Su presencia en nuestra vida, a lo que nos va pidiendo y a lo que nos va permitiendo vivir cada momento, día a día, sea lo que sea.

Y es que quien tiene fe, parte de tres certezas: 1. Que el Señor todo lo puede; 2, que nos ama con amor infinito; y 3, que sólo permitirá lo que sea mejor para nosotros, por lo cual podemos amoldar, tranquilamente y de antemano, nuestra voluntad a la Suya, con la seguridad de que si no nos concede lo que le pedimos es porque no nos conviene.

La mujer y Jairo son ejemplo de fe, y es interesante observar que ésta se notó en todo momento.

En el caso de la mujer, su fe se manifestó no sólo cuando tocó el manto de Jesús, sino cuando Él, al darse cuenta de que una fuerza curativa emanó de Él se detuvo y preguntó quién lo tocó, y ella, en lugar de escabullirse y huir pensando que mejor no decía nada pues el Maestro podía estar enojado y podía castigarla devolviéndole su dolencia, se atrevió a dar la cara y confesó lo que había hecho postrándose ante Él, confiando totalmente en Su misericordia.

Y en el caso de Jairo, se manifestó su fe no sólo cuando se atrevió a postrarse públicamente ante Jesús, sin importarle el qué dirán (recordemos que era jefe de una sinagoga, en la que probablemente había enemigos de Jesús) o cuando, fiado en Jesús que le pidió que no tuviera miedo sino fe (ver Mc 5,36), lo llevó a ver a su hija aunque ésta ya había muerto, sino también cuando le permitió a Jesús echar fuera a quienes lloraban la muerte de la niña, dejándolo interrumpir ese tradicional ritual fúnebre y entró con Él a donde estaba la pequeña, arriesgándose a hacer el ridículo, mientras le resonaban en los oídos las risas de la gente que se burlaba porque Jesús había dicho que la niña no estaba muerta sino dormida (ver Mc 5, 39-40).

Comprendemos ahora por qué estos dos personajes tan distintos quedaron para siempre unidos en este Evangelio.

Si los visualizamos, a ella volviendo a casa, recuperada su salud (y su autoestima), y a Jairo disponiendo feliz un festín para su muchachita (a la que Jesús pidió le dieran de comer, luego de que le devolvió la vida), vemos que sus historias tienen en común que cuando todo les era adverso, ambos se atrevieron a sostener y proclamar públicamente su fe en Aquel que a quien se le ha encomendado con verdadera confianza no lo deja nunca defraudado.

 

(Del libro de Alejandra Ma Sosa E “Como Él nos ama”, Colección ‘La Palabra ilumina tu vida’, Ediciones 72, México, p 98, disponible en Amazon).

Publicado del domingo 27 de junio de 2021 en la pag web y de facebook de Ediciones 72