y los envió por delante...
a todas las ciudades y sitios a donde ÉL había de ir...'
(Lc 10,1)

Bendecir

Alejandra María Sosa Elízaga*

Bendecir

¿Acostumbras bendecir a los demás?

Los ministros ordenados, la mayoría de las mamás y no pocos papás, probablemente contesten de inmediato que sí, están acostumbrados a bendecir, los primeros a los feligreses que se lo solicitan, y los segundos, a sus hijos, nietos, bisnietos, tatarainetos...

Pero ¿y los demás? ¿bendecimos?

Puede ser que sí. 

Quizá cuando alguien ha hecho algo bueno por nosotros, le hemos dicho: ‘Dios te bendiga’, pero ¿y a los que nos han hecho daño o simplemente nos caen gordo?, ¿a esa persona de nuestra familia, o de la escuela u oficina, alguien de nuestro mismo barrio, comunidad parroquial, o incluso alguien que no hemos tratado personalmente, pero de quien hemos padecido las consecuencias de su actuar, tal vez un político, un delincuente, en fin, alguien que nos ha hecho o te sigue haciendo la vida difícil?

¿Lo bendecimos o pedimos que Dios nos libre de él, como pedía una viejita refiriéndose al marido al que ya no aguantaba: ‘que se muera, aunque se salve’...?

Si creemos que eso de bendecir le toca a otros, tenemos que poner más atención a un texto bellísimo que cada primero de enero se proclama en la Primera Lectura de la Misa (ver Num 6, 22-27).

Se trata de una bendición que Dios le dicta a Moisés, para que a su vez éste se la pase a su hermano Aarón y a los hijos de éste:

El Señor te bendiga y te proteja,
haga resplandecer Su rostro sobre ti y te conceda Su favor.
Que el Señor te mire con benevolencia
y te conceda la paz
.” 

¡Qué bendición tan perfecta y tan maravillosa! ¡Claro, como que se le ocurrió a Dios!

Implica pedirle que derrame en alguien Su gracia santificante; que lo cuide, que lo libre de todo mal; que lo ilumine, para que no camine en la oscuridad, y le haga sentir Su presencia amorosa a su lado; que esté atento a sus súplicas; que no lo juzgue como se lo merecería, sino con indulgencia, con misericordia, y que le conceda vivirlo todo, aun las dificultades, serena y gozosamente.

Es obvio que si Él mismo propuso que se le pida todo eso, es porque ¡piensa concederlo!

Así que se trata de una bendición, como quien dice, garantizada.

¿Quién puede ser el destinatario de tan grande beneficio?

El texto bíblico dice que Dios pidió que se bendijera así a los israelitas.

Y antes de que alguien se desanime pensando que eso lo deja fuera, cabe hacer notar dos cosas:

Primero, que los israelitas eran el antiguo pueblo de Dios y nosotros somos el nuevo pueblo de Dios, así que esta bendición también nos atañe.

Y segundo, que cuando Dios se la dictó a Moisés no añadió en letras chiquitas:‘aplican restricciones’. Quiso que esta bendición fuera para buenos y malos por igual, para los miembros de Su pueblo que habían sabido mantenerse fieles a Él, y para los que habían caído en la desconfianza, la idolatría, la ingratitud. Para todos. ¡Eso nos incluye a ti y a mí!

Y algo más que vale la pena considerar:

Al terminar de dictar la bendición, dijo Dios: “Así invocarán Mi nombre...y Yo los bendeciré”.

No aclaró si se refería a que bendeciría a aquellos que recibieran esa bendición, o a los que la pronunciaran. Así que bien podemos considerar que abarca a ambos, es decir, que tan bendecido queda el que la recibe como el que la da.

Qué significativo que en el primer día del año, cuando tanta gente hace buenos propósitos, la Iglesia proponga este texto que nos invita a bendecir a los demás, a pedir, para ellos los bienes de Dios, algo que nos beneficia a todos.

Qué gran propósito de año nuevo, ir por la vida bendiciendo, no criticando y mucho menos maldiciendo, a los demás; qué bueno desearles bien, pedir al Señor para ellos lo mejor.

Y, ojo, no se trata de hacerlo en voz alta para darnos aires de santidad, podemos hacerlo discretamente, silenciosamente.

Podemos memorizar la bendición, y decirla, en lo secreto de nuestro corazón, por aquellos que vamos encontrando a lo largo del día, familiares, vecinos, compañeros, colegas, personas que nos atienden, desconocidos que se cruzan en nuestro camino.

Es significativo que en el mismo día en que se nos propone esa bendición, la Iglesia celebra la fiesta de Santa María, Madre de Dios. Podemos imaginar que, fiel a su costumbre de emplear la Sagrada Escritura para orar, nuestra Madre emplea esas hermosas palabras para bendecirnos.

Se celebra también la Jornada Mundial de la paz, para orar por ese don de Dios que se pide al final de la bendición, y en la que el Papa Francisco hace un llamado a la ‘no violencia’.

Al iniciar el año la gente suele desear que sea ‘próspero’, que haya salud, dinero, éxito; pululan en las redes sociales mensajes que le piden al año nuevo que sea bueno (¡como si oyera!). Pero tener prosperidad, salud, dinero y éxito sin Dios, es no tener nada. Por eso lo mejor que podemos hacer por otros, es no limitarnos solamente a decir: ‘feliz año nuevo’, sino bendecir.

Artículo de Ale M Sosa E publicado el 1° de enero de 2017 en las pags web y de facebook de 'Desde la Fe', Semanario de la Arquidiócesis de México; en la de SIAME (Sistema informativo de la Arquidiócesis de México), y en la de Ediciones 72.